Quizás, después de un abandono más que absoluto y teniendo en cuenta la situación excéntrica que nos ocupa a causa de ese pequeño virus con silueta de corona, ha llegado el momento de volver a dedicar unas líneas a aquello que me oxigena. El mundo parece haberse tomado un respiro: las fronteras, cerradas a cal y canto; las ciudades, azotadas por la pandemia; las personas, relegadas al confinamiento. Ahora, con mi vida en 'stand by', encerrada entre cuatro paredes, intentando dejar a un lado el dolor que se condensa en la atmósfera, he optado por evadirme. Viajar no siempre es huir, a veces es querer quedarse, encontrar un hogar a millones de kilómetros de casa.
Con todo lo moderna que me creía, lo cierto es que siempre fui una mujer de convicciones, de rutinas, de tradiciones; por eso, que uno de los pilares fundamentales que sostenían mi estabilidad se mudara durante unos meses a la punta opuesta del globo terráqueo me tenía al borde de la taquicardia. Sin embargo, fui fuerte, nunca jamás se lo dije, la apoyé hasta las últimas consecuencias y, tras hacer las gestiones oportunas en el trabajo, adquirí un billete de ida y vuelta con destino Shanghái. Finales de octubre, comienzo de la aventura. Ahí estaba yo, de pie frente al mostrador de Iberia esperando el exterminio de una larga línea hasta facturar mi equipaje. Fue entonces, a un paso de embarcarme en un vuelo de, aproximadamente, 12 horas, cuando presentí que los kilómetros que me separarían de mi Madrid natal no me iban a hacer echar de menos la tierra que me cobija.
La llegada a Shanghái se hizo larga, aunque tardaría cinco horas más en alcanzar mi destino final, Ningbo. Ubicada en la provincia de Zhejiang, se ha consolidado a lo largo de los años como el principal puerto de la región. Tras un vuelo interminable y un viaje en autobús agotador conseguí encontrar a mi amiga en la estación; créanme si les digo que fue poco menos que una odisea. Minutos después, tras un abrazo que 'ni fu ni fa', porque nunca tuvimos esa clase de relación de amigas que se demuestran con gestos de cariño que se quieren, tomamos un Didi hacia nuestro hotel. Una ducha más tarde y mil historias de por medio nos llevaron hasta el centro de la ciudad. Allí, en un pequeño restaurante nada abarrotado debido a las horas que corrían, comimos baos e hicimos la promesa de volver pronto a 'casa' para descansar. Antes de conocer a quienes serían el 'squad' de mi amiga y mis próximos anfitriones en sus planes, paseamos por el campus de la Universidad de Nottingham. Descubriendo todos los rincones del enorme complejo, parecía como si nos hubiéramos trasladado, casi sin quererlo, a los veranos que disfrutamos en la localidad inglesa. Años más tarde, quién nos iba a decir que acabaríamos rememorando aventuras en versión asiática. Esa noche recordé por qué siempre quisimos irnos. Constatar que tenía un bar de confianza como Mohar al lado de la universidad donde jugar a los dados y las apuestas y beber Tsingtao en torres de litros me dio la vida y me la quitó con la resaca que nos proporcionó al día siguiente.
| Drum Tower Complex at the Old Town, Ningbo. Imagen: Irene Iglesias Álvarez |
Las primeras horas en China servirían como prólogo a lo que vino después. Anduvimos kilómetros descubriendo una ciudad inmesa. Entre las principales atracciones a disfrutar hagan hueco a la Librería Tianyi, al Museo de Ningbo, el Templo Asoka o el Templo Tiantong, o como punto de interés al Ningbo Wulong Pond. Párrafo aparte para el corazón de la ciudad, 'Old Town', situado en la confluencia de los ríos Yong y Yuyao. Los colores vibrantes, la arquitectura tradicional china, la forma en la que lo antiguo y lo moderno conviven, las pequeñas tiendas y comercios que atraen a los turistas y locales, los nuevos olores provenientes de la cocina en la calle son solo unas pinceladas de lo que esconde. Una vez me fui acostumbrado a la comida con palillos y a los baños chinos, me sentía en armonía.
Desde Ningbo nos montamos en un tren hasta la provincia de Hangzhou, una ciudad maravilla bañada por el agua. Tres pilares importantes que visitar: el Templo Lingyin, la pagoda de las 'Seis Armonías' y el West Lake. El lago del oeste y su pintoresco y vasto paisaje son de una belleza inimaginable, no en vano fueron nombrados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Podéis disfrutar del West Lake y de sus más de 8 kilómetros de extensión desde la ciudad o pasear con una barca contemplando los bellos paisajes que tantos mitos y leyendas han aportado a la literatura china.
| Day off. West Lake in Hangzhou. Imagen: Irene Iglesias Álvarez
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Shanghái fue el último peldaño antes de emprender el rumbo a Madrid. Me cautivó. Aún, a día de hoy, sigo tachando números en el calendario para volver. Creo que sigo sin palabras, pero trataré de explicarlo. Hay sitios, rinconcitos, que inevitablemente te enganchan, su energía conecta con tu ser, cosechas millón y medio de anécdotas en sus calles y te perderías por los viales cualquier día de tu vida sabiendo que siempre descubrirías algo nuevo. De eso se trata. La curiosidad no mató al gato, queridos, hizo que este se supiera más fuerte; la información es poder, os lo recuerda una periodista. Hace años que cualquiera que me conoce sabe que soy una mujer cosmopolita, quizás por eso Shanghái y yo encajamos como piezas de puzle. Una ciudad de contrastes dividida por el río Huangpu: a un lado, el Bund; al opuesto, Pudong. El Bund todavía conserva algunos edificios de origen gótico, románico, neoclásico, barroco y renacentista que constituyen un legado del primer distrito comercial de la ciudad; en contraposición, Pudong ofrece la visión más moderna de un armonioso 'skyline'.
Hay un sinfín de blogs de viajes dedicados, exclusivamente, a la recomendación de lugares, a la elaboración de hojas de ruta para x días; no obstante, quería hacerles partícipes de cómo, cuando dejas los prejuicios en casa, te enamoras. Ese es mi 'motto' sobre viajar. Nunca creí que escribiría sobre China con un mimo especial, que tendría un deseo irrefrenable de regresar. Por eso precisamente este post no les servirá como guía, sino como aliciente. A estas alturas de la entrada se habrán percatado que cuento una experiencia, no enumero lugares, y quería concluir en la misma línea, aunque sí que les diré sin lo que no pueden pasar: Old Town Shanghái, fake market, People's Square, Owner Circle Club, The Captain... ¡Ya me lo agradecerán!
Shanghái fue vibrante, cansado, pero pleno. Fue oxígeno en vena, ilusión por vivir, aspiración y despedida emotiva. En el aeropuerto de Pudong, tras una última noche en Bar Rouge, entendí que el miedo es un sobrepeso en el equipaje del que debemos deshacernos, que no quería volver a Madrid, que ya me sentía en casa. De esta forma, iniciada la cuenta atrás para acostarme en un incómodo asiento en turista, me reafirmé en que no es dónde, sino con quién. Gracias, amiga.
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| From the Bund, directly to your heart. Imagen: Irene Iglesias Álvarez
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Hay un sinfín de blogs de viajes dedicados, exclusivamente, a la recomendación de lugares, a la elaboración de hojas de ruta para x días; no obstante, quería hacerles partícipes de cómo, cuando dejas los prejuicios en casa, te enamoras. Ese es mi 'motto' sobre viajar. Nunca creí que escribiría sobre China con un mimo especial, que tendría un deseo irrefrenable de regresar. Por eso precisamente este post no les servirá como guía, sino como aliciente. A estas alturas de la entrada se habrán percatado que cuento una experiencia, no enumero lugares, y quería concluir en la misma línea, aunque sí que les diré sin lo que no pueden pasar: Old Town Shanghái, fake market, People's Square, Owner Circle Club, The Captain... ¡Ya me lo agradecerán!
Shanghái fue vibrante, cansado, pero pleno. Fue oxígeno en vena, ilusión por vivir, aspiración y despedida emotiva. En el aeropuerto de Pudong, tras una última noche en Bar Rouge, entendí que el miedo es un sobrepeso en el equipaje del que debemos deshacernos, que no quería volver a Madrid, que ya me sentía en casa. De esta forma, iniciada la cuenta atrás para acostarme en un incómodo asiento en turista, me reafirmé en que no es dónde, sino con quién. Gracias, amiga.
















